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La Razón y la Fuerza. Reflexiones sobre el papel de los comunistas entre pasado y futuro

Roma 18 junio, seminario promovido por la Red de los Comunistas (Rete dei Comunisti-RdC)

(De Corriere della Sera, 9 de marzo de 2008, un texto de 2004 del filósofo francés, no marxista, Jacques Derrida: “Hubiera querido proponer un argumento análogo al del ¿Qué Hacer? de Lenin, escrito en 1901-1902, pero falta

tiempo. Recordemos lo que en aquel texto, como en el texto de Kant, no ha envejecido: la condena de “deterioro del nivel teórico” en la acción política, la idea de que cualquier “concesión” teórica, de acuerdo con el concepto de Marx, sea nefasta para la política; la condena del oportunismo (hay que pensar y actuar a contracorriente), la condena del espontaneísmo, del economicismo y del chovinismo nacional (que no implica desentenderse de los deberes nacionales), la condena de la “falta de espíritu de iniciativa de los dirigentes” políticos, o sea revolucionarios, que tendrían que saber arriesgar y romper con las facilidades del consenso y de las ideas preconcebidas (es todo lo que propone Alain Minc en un libro muy leninista en el fondo). Ha envejecido menos todavía el análisis de lo que vincula la internacionalización, la mundialización del mercado y la política, a la ciencia y a la técnica. Todo esto se lee en el ¿Qué Hacer? de Lenin.”)

 

Premisa

Vivimos un período de crisis general y de crisis de la hegemonía dominante; no es una crisis coyuntural, sino de sistema, que se presenta en pasajes históricos en los que se abre una fase inescrutable en sus evoluciones concretas. Para realizar una lectura válida de estos pasajes hay que empezar por lo que se ha definido como Modo de Producción Capitalista, y no capitalismo, porque si analizamos las tendencias de fondo, y no solamente sus formas concretas e históricas, conseguimos comprender mejor la dinámica de los eventos que han sucedido y que está activa todavía.

El antagonismo de clase y las posibilidades de una sociedad alternativa han estado y están estrechamente vinculadas a la relación entre desarrollo de las Fuerzas Productivas y Relaciones de Producción, de la que se puede generar la verdadera contradicción del actual modo de producción, del cual el conflicto capital-trabajo representa el momento inevitable. El escenario histórico en el que se han movido los partidos obreros se ha caracterizado por esta dinámica, y para entender su nacimiento, desarrollo, crisis y posibilidad de reinicio es esto lo que tenemos que tener como referencia a la hora de reflexionar sobre la actualidad.

Seguramente, el 1800 ha sido el siglo en que la correspondencia entre fuerzas productivas y relaciones de producción se completó, un período en el cual el crecimiento del capitalismo respondía a una necesidad general de emancipación de la miseria y de la ignorancia. Si la primera parte se caracterizó por la ausencia de luchas de clases organizadas, aunque se produjeron todo tipo de revueltas sociales y políticas, la segunda parte del siglo significó finalmente el nacimiento de los grandes partidos obreros, empezando por el de Alemania, surgidos en la estela del potente pensamiento marxista. Evolución que manifestó los primeros síntomas de la crisis de hegemonía hacia la cual se dirigía el capitalismo.

Con el cambio de siglo se produjo el paso del capitalismo de competencia al monopolista y al imperialismo, analizados por Lenin, que marcó el fin de una larguísima fase de crecimiento, el fin de la correspondencia entre fuerzas productivas y relaciones de producción y, consecuentemente, de su capacidad hegemónica. La manifestación concreta de este límite fue el período bélico que va de 1914 a 1945 con el conjunto de crisis económicas, financieras, sociales y políticas vividas en la historia de los países de capitalismo avanzado en Europa y en América. Fue también la época en que las rupturas revolucionarias, victoriosas o no, se multiplicaron y en que el campo imperialista se dividió dramáticamente haciendo surgir la necesidad y la posibilidad de una sociedad alternativa. Hay que recordar, de todos modos, que la capacidad de hegemonía burguesa, aunque muy cuestionada, se ha mantenido en los puntos altos del desarrollo capitalista, manifestando los momentos más agudos de su propia crisis en la periferia, en los eslabones débiles de la cadena, empezando por la revolución del 1917. En los países imperialistas, de hecho, ante el peligro de las rupturas revolucionarias se puso en marcha la lucha de clases “desde arriba”, primero en el nivel productivo y social, minando la potencial unidad entre obreros y campesinos y, después, en el 1914, rompiendo el movimiento obrero europeo ante la explosión de la guerra imperialista.

Al final de la II Guerra Mundial (II GM) quedó un escenario completamente diferente y una potencialidad de crecimiento, tanto para el campo socialista que había crecido hacia el oeste, como sobre todo hacia el este con China; y también para el campo imperialista, aunque de manera menos evidente dados los cambios internacionales en la relación de fuerzas políticas y militares. De todos modos, la destrucción bélica le restableció al capitalismo, unificado bajo el mando “imperial” estadounidense, la posibilidad de crecimiento y de superar la contradicción generada por el desarrollo de las fuerzas productivas. Contradicción que se presenta de nuevo al concluir el ciclo con la crisis de sobreproducción de los años 70, marcando una nueva etapa que no desemboca, por motivos estructurales ligados a las relaciones de fuerza entre las clases internas e internacionales, en una nueva guerra sino en un salto científico y tecnológico y de reorganización productiva y financiera que recupera nuevamente las potencialidades de crecimiento, revertiendo las contradicciones al campo adversario de los países socialistas.

Este “doble paso” del capitalismo a finales del 1900 fue inversamente proporcional a la capacidad de resistencia de los países socialistas y, más importante todavía, del conjunto del movimiento obrero y antimperialista a nivel mundial, que vive el atraso que todos conocemos en los contenidos y las formas. La hegemonía plena que había perdido en 1917 y no recuperó hasta los años 70 se vio restablecida en el campo imperialista gracias al reencuentro de la sintonía entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción y que parece dar nueva fuerza a una fase de desarrollo de largo alcance gracias también a la desaparición de la URSS, del campo socialista en los países de Europa del Este y a la apertura a los mercados de China y de la India.

En el Modo de Producción Capitalista el crecimiento cuantitativo, sin embargo, tiene como resultado alargar en el tiempo, y en tiempos no necesariamente breves, como muy bien sabemos, el manifestarse de la contradicción. De manera que lo que parecía ya conquistado, en los últimos años 90, se ve nuevamente puesto en discusión con la crisis financiera del 2007; no directamente por el conflicto de clase, ya que aparentemente la hegemonía del capital no ha sido tan fuerte y extensa antes, sino por su propia dinámica.

La crisis financiera, la energética, la ambiental, la competición global e interimperialista, las tendencias hacia la guerra y la crisis mundial constituyen en su conjunto un nuevo pasaje histórico que que hay que interpretar, porque el reinicio de una subjetividad antagonista y de clase tiene que saldar cuentas, precisamente, con estos elementos de fondo si quiere proponer, en tiempos y modos hoy imprevisibles, un nuevo proyecto de transformación social.

Los procesos históricos se pueden leer desde muchos puntos de vista, pero este aspecto de la crisis de hegemonía tiene un valor político directo, ya que aparece cada vez de forma más evidente que este sistema se ha metido en un callejón sin salida en el que la única opción amenaza con ser traumática para toda la humanidad. Éste el punto en el que reaparece la necesidad de la alternativa de sistema social y, consecuentemente, se replantea la necesidad de entender en tales condiciones el papel de los comunistas, si existe, y cuál pueda ser. Hay, históricamente, un nexo entre los ciclos en el capitalismo y las posibilidades de afirmación de las fuerzas de clase antagonistas al mismo.

Aquí se plantean problemas teóricos siempre presentes en el movimiento comunista pero que no pueden eludir el contexto concreto en que se actúa: para nosotros es hoy la Italia que forma parte del contexto de la Unión Europea (UE), o sea uno de los polos imperialistas predominantes a nivel mundial. Estamos, por tanto, dentro de una “ciudadela” imperialista que actúa ideológicamente y estructuralmente en todos los planos de la sociedad: en el plano ideológico manteniendo todos los valores éticos y políticos burgueses y ofreciendo una visión desvirtuada de la realidad, como es la del Estado entendido como apoyo al interés privado, la de los derechos humanos contra los derechos sociales y la de las guerras “humanitarias”; la de las religiones entendidas como arma identitaria y política, del medio ambiente como argumento “verde” de la economía capitalista; de la política del terror que invade los medios de comunicación induciendo un sentido de inseguridad difuso. En definitiva, la ideología de las clases dominantes es hoy el instrumento más invasivo que se utiliza para dar estabilidad política a un sistema que empieza a mostrar claramente sus límites.

La estabilidad política, de todas formas, no está solamente “heterodirigida” ideológicamente, sino que se garantiza también mediante una serie de procesos institucionales, a nivel nacional y europeo, que limitan las formas democráticas nacidas de la lucha contra los fascismos europeos en la II GM y que centralizan cada vez más las decisiones estratégicas. Se delega, de hecho, en los eurócratas la toma de decisiones, que tienen solamente en consideración los parámetros económicos y financieros en la competición global. Los diversos tratados económicos que se han realizado en Europa y la suerte reservada brutalmente al pueblo griego dejan constancia de ello.

Pero estos dos procesos de gestión autoritaria de la sociedad no habrían sido posibles sino se hubieran basado en la disgregación productiva y social producida en estos decenios a base de reestructuraciones que, además, hoy están minando la estabilidad económica mundial. La complejidad de nuestra Sociedad no es un dato nuevo y aumenta desde los años 60, los otros países imperialistas nos han precedido y han indicado el camino. Si en China, India, Sudáfrica, Brasil y otros países se aglomeran todavía masas de obreros en las grandes fábricas, caracterizadas principalmente por la producción fordista, en los centros imperialistas las condiciones de la fuerza de trabajo son diferentes. Se caracterizan, de hecho, por la disgregación social, la parcelación de las plantas productivas y por la diferenciación de las condiciones jurídicas del trabajo, del paso del trabajo manual al intelectual. Ésta es la condición objetiva en que los comunistas están llamados a actuar, con la obligación de mirar con una perspectiva histórica también la concepción de la clase obrera de la gran fábrica del 1900.

La actual discontinuidad está vinculada al hecho de que, hasta la fase precedente, el aumento de la producción de la gran fábrica, o sea el corazón del capitalismo, procedía al mismo tiempo al aumento y a la concentración de la clase obrera, o sea del sujeto de clase directamente antagonista al capital. Un recorrido iniciado con la formación de las manufacturas en el 1800 y seguido tanto por la gran fábrica del obrero profesional como con el inicio de la producción fordista. Esto caracterizó también el período postbélico, en el cual la producción en línea, que permitía la máxima productividad en aquella época, realizaba al tiempo el crecimiento cuantitativo y la concentración de la clase obrera en los países desarrollados. En esta situación aumentaba el poder contractual y político de la fuerza de trabajo y se hacía necesaria la mediación social del Estado con el nacimiento del Welfare State (estado del bienestar).

Aquí es útil proponer un interesante escrito de Togliatti, no el Togliatti del segundo postguerra y del consecutivo boom económico, sino el de la clandestinidad del PCI de los años 20 (de Editori Riuniti, El Partido, febrero 1972, publicado en Stato Operaio, enero/febrero 1928) donde se afirma: “El Fascismo quiere pulverizar, “atomizar” a las clases trabajadoras. Quiere decir esto que el Fascismo realiza una política de desorganización de las masas. Pero el proceso de pulverización se inició mucho antes. En las grandes ciudades italianas las secciones de Policía en los barrios paran y arrestan a todos los “extranjeros” con más de 20 años, o sea a los obreros que viven en otros barrios… ¡Se han fijado fronteras, así pues, también dentro de las ciudades, entre barrio y barrio! … pero los obreros se encuentran igualmente en las fábricas.

Aquí también se ha aplicado el régimen de las fronteras. Entre sección y sección se ha prohibido la comunicación. En cada sección vigilan espías.

“¡Continuar a todo costo en la fábrica! La crisis industrial y el paro y la “racionalización” y la reacción de la policía tienden a echarnos de las fábricas. Nosotros tenemos que enraizarnos en la fábrica Si nos echan, volveremos. Si nos debilitan, nos reforzaremos. En las fábricas reencontramos a la clase obrera. No es posible “pulverizar” a la clase obrera en la fábrica, porque no es posible despiezar la fábrica. La fábrica es el capitalismo.”

La imagen concreta de este escrito nos da la idea de qué tipo de decisiones tuvieron que tomar en aquella época los comunistas; pero nos dice también que aquella condición en la cual “la fábrica es el capitalismo” hoy se ha podido superar gracias a la moderna producción capitalista. No hace falta ya la división “formal” de la clase obrera, como en el fascismo, para debilitar el conflicto de clase cuando el completo sistema productivo se ha visto revolucionado por la aplicación a la producción de la ciencia y de la tecnología, superando aquel vínculo, entonces indisoluble, entre concentración de capital y de fuerza de trabajo en función de la productividad.

Con la producción flexible salta esta unidad y se separa la suerte del obrero de la fábrica en el punto más avanzado del proceso productivo. El nacimiento de las cadenas productivas deslocalizadas a nivel internacional permite restablecer la explotación y la extracción de plusvalía en un punto alejado de los centros estratégicos de planificación y financieros, que han permanecido en los centros históricos del capitalismo.

Esto no es solamente una constatación “técnica”, ya que modifica la condición material y política de la clase obrera, reduce su poder contractual y, separándola estratégicamente de los puntos desarrollados de la producción (fábricas automatizadas, bio y nano tecnologías, industria militar moderna, etc.), la reduce a sujeto social al mismo nivel de los otros que componen el proletariado. Se ve limitada así aquella “particularidad” histórica de ser vanguardia política de la clase desde el inicio de la gran empresa capitalista, en la medida en que, ya sea por función productiva o por la movilidad geográfica de las cadenas, no constituye ya el nudo ineludible con el cual la producción de valor tenía por fuerza que enfrentarse. 

Naturalmente, en los países imperialistas hay todavía núcleos consistentes de clase obrera de fábrica vinculados a las producciones avanzadas, pero no representan ya la tendencia general del proletariado en esos países, como sucedía en el 1900 cuando se multiplicaba y concentraba en torno a las grandes fábrica de Turín o Detroit y en el resto del mundo “desarrollado”. La realización del beneficio en los centros imperiales, hoy se da por la circulación internacional del capital y no por la dimensión nacional de la producción y del mercado, como antes; el nexo cada vez más estrecho entre multinacionales y logística nos señala este modo diferente de realización del valor que ve, no solamente en Italia, un uso importante de fuerza de trabajo inmigrada como elemento ulterior de segmentación de la clase trabajadora.

Por esto, la fase que se abre es inédita y está sujeta a nuevos desarrollos y es impensable que se puedan repetir las dinámicas del 1900 sobre la base de un determinismo totalmente subjetivo; esto significa que no sabemos todavía cómo serán los desarrollos concretos en el futuro, habrá que analizarlos y trabajar para identificar una función real. Por la parte que nos corresponde como RdC, en los años 90, partiendo del texto sobre el imperialismo de Lenin, intentamos leer en la realidad que se desarrollaba, después del fin de la URSS, cuáles eran las dinámicas que habían devenido determinantes e identificamos en la construcción de la UE las señales de un reinicio de la competición interimperialista como síntoma de una tendencia histórica del capitalismo a partir de su composición orgánica.

Al analizar la fase que se abría en aquellos años, no partíamos de la verificación empírica de los procesos vinculados a la retomada de la competición interimperialista, verificación siempre contaminada y problemática a causa de la representación política hegemónica; sino del uso de categorías como la ley del valor considerada dato inmanente al modo de producción capitalista, la caída tendencial de la tasa de beneficio como proceso histórico de la creciente composición del capital, y el análisis leninista que identificaba las características de una tendencia imperialista que nos parece que sigue totalmente vigente. En otras palabras, nos pareció necesario tener una línea de investigación que fuese orgánica y coherente con los instrumentos del marxismo, rehuyendo el análisis contingente de los fenómenos que a menudo se muestra miope y de corto alcance.

Naturalmente, para nosotros era en aquel momento una posibilidad y no una realidad; en los años siguientes profundizamos en un trabajo analítico sistemático y la verificación que poco a poco realizábamos de la realidad nos permitió confirmar la hipótesis sobre la que basábamos nuestro proyecto. La que se abre hoy es una fase igual a la precedente por la importancia pero de signo opuesto y que representa también su superación. Hay que ser conscientes de esta superación, ya que nos obliga a retomar un trabajo de elaboración y a manejar “el arma” de la teoría empezando a reflexionar sobre las nuevas condiciones pero sabiendo que ésta es un arma de doble filo que si no se maneja con cuidado podría volverse contra nosotros. De manera más explícita, podríamos decir que la fase actual se puede representar bien mediante la afirmación de Gramsci, realizada durante el fascismo, en la que decía que “lo viejo muere pero lo nuevo no puede nacer”. Esto fue dicho en un período de crisis profunda que se había iniciado con la I Guerra Mundial y solamente se resolvió después del 1945, cuando efectivamente nació la “nuevo”. Hay, por tanto, que ponerse manos a la obra en el análisis y con las hipótesis que se pueden hacer sobre los desarrollos futuros, sabiendo que las respuesta no están dadas ni pueden ser predeterminadas. Así pues, la RdC propone para la segunda parte del año un nuevo encuentro abierto a todas las contribuciones para poner en marcha un compromiso analítico fundamental para el futuro de nuestra acción política.

El seminario que queremos hacer, el mes de junio, se propone retomar el análisis y el debate sobre el otro punto de la cuestión, que es el de la subjetividad, de la subjetividad organizada de los comunistas, de su función estratégica y de la subjetividad de la clase.

 

Las razones de los comunistas

Hablar de Partido Comunista aquí y ahora no es ciertamente una cosa fácil, como tampoco los es de la idea de hablar de otro mundo y de otra época; tan devastadora ha sido la historia de las organizaciones comunistas en estos últimos decenios, en Italia y en el resto de Europa. Esta constatación y el estado de ánimo que se deriva, que ha empujado a muchos militantes a mirar hacia otros horizontes, también quemados en tiempos muy rápidos, nos debe por el contrario animar a dar un salto de cualidad teórico al afrontar la cuestión del partido, que en realidad es la cuestión de cómo las clases subalternas resisten y reaccionan al estado actual de las cosas. Hablar de partido significa por tanto hablar de la clase con la que contamos, real y no mitológica, y significa tener también una idea de los procesos generales e históricos que están modelando el mundo actual.

 

Si hemos leído los procesos históricos vinculando la relación contradictoria entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones sociales de producción, identificando fases hegemónicas y fases de crisis, no podemos no leer bajo esta misma luz también la historia de las organizaciones del movimiento obrero. El sucederse de períodos “revolucionarios” y regresivos de la burguesía han determinado también las características de los partidos obreros y de los partidos comunistas, que han tenido que responder a los desarrollos producidos por las clases dominantes, modificándose, desenvolviéndose o cambiando de naturaleza. Estos procesos los hemos visto materializarse durante los últimos 30 años ofreciéndonos una experiencia directa, quizás históricamente única, de cómo la dialéctica de la realidad obliga a saldar cuentas con uno mismo.

 

Para ser más concretos en el análisis transcribimos una parte del escrito de Giorgio Gattei, producido en ocasión de un seminario nuestro realizado en 1999, publicado en el cuaderno “Partido y Teoría”, que ofrece una utilísima clave de lectura no solamente histórica sino también funcional a la cuestión que tenemos hoy sobre el nudo estratégico de la organización de los comunistas: “Pero, entonces para comprender las diversas modalidades de su aparecer histórico, parece necesario establecer alguna relación entre la forma de organización política que cada vez se ha dado la clase y la particular “composición” que las diversas maneras del producir capitalista, también éstas cada vez históricamente determinadas, le han dado a la misma.

La premisa es que hay que reconocer que la historia del mundo capitalista de producción, incluso considerando lo fijo de sus connotaciones estructurales de fondo (que son la compraventa de la fuerza de trabajo y la extorsión del plusvalor), no permanece inmutable sino que está marcada por una sucesión de modificaciones que hacen cambiar en particular la organización del trabajo.

Se habla de verdaderas y auténticas “mutaciones de forma” del orden productivo entero y se identifican, incluso dentro de la identidad del modo capitalista, al menos estas diversas configuraciones: la revolución de la fábrica de vapor a finales del siglo XVIII, la novedad de la producción mecanizada “en serie” a mitad del siglo XIX, el advenimiento de la producción taylorística “en cadena” en el cambio del siglo XX, el paso a la producción/consumo de masas que se impone a mitad del siglo XX (respecto a la fase precedente la transformación no es cualquier cosa, como después se verá) y por fin la afirmación de la producción “flexible” (o delgada o como se la quiera llamar) que marca nuestro paso de siglo.

A cada transformación de la manera capitalista de producir ha correspondido un cambio del carácter de la “composición de clase”: del obrero genérico de las fábricas de principios del 1800 al obrero “de oficio” de mediados del siglo pasado; del obrero “en cadena” de principios del 1900 al obrero/consumidor-masa de mediados de nuestro siglo, y finalmente al obrero “débil” (o como se le quiera llamar) con el cual estamos entrando en el tercer milenio de la cronología cristiana.

Consecuentemente, hasta ahora han sido cuatro las “formas partido” que se han presentado en la escena histórica, o sea tantas como transformaciones estratégicas de la “composición de clase” inducida por las modificaciones de la “manera de producir” que se han sucedido desde la revolución industrial. Y se espera naturalmente una quinta, adecuada al nivel de acumulación “flexible” y del trabajador “débil”, pero ésta está todavía por venir o al menos es difícil todavía distinguir en la confusión de nuestro tiempo”.

 

Esta relación entre capacidad hegemónica, composición de clase y carácter del partido de clase no se puede mirar de un modo automático ni puede cambiarse por una interpretación sociológica de la política. Como siempre, es útil buscar en el acervo del movimiento obrero histórico elaboraciones hechas en otros momentos, no como referencia sagrada sino como herramienta para entender las tendencias de fondo, sabiendo que las formas concretas no pueden ser más que datos del contexto histórico que actúa en el tiempo tomado en consideración. En este sentido es extremamente útil volver a un artículo de Lenin del 1916, “El imperialismo y la escisión histórica del Socialismo”, en el cual pone en relación la victoria del imperialismo a la hora de implicar al movimiento obrero en la I Guerra Mundial con la emergencia en la clase de la aristocracia obrera subalterna a la burguesía, producida por la reorganización productiva y la consiguiente modificación de la composición de clase, y con la escisión del movimiento socialista, que ciertamente no hacía referencia sólo a la línea política sino también a la forma misma de la organización del partido.

 

Si adoptásemos una perspectiva mecanicista sería fácil hacer un paralelo directo, son tantos los parecidos, con la subalternidad de la izquierda de hoy al imperialismo de la UE, la descomposición y separación de la clase debida a los procesos de reestructuración y la necesidad de una organización antagonista y revolucionaria más allá de nuestra izquierda. Desgraciadamente, las cosas no son tan simples, porque las condiciones son muy diversas; pero el método de análisis propuesto por Lenin en aquel escrito es todavía válido adecuándolo al contexto histórico que caracteriza nuestra época. Hay, por tanto, que partir de los cambios del contexto global que se inicia con el fin de la URSS y con la transformación completa del contexto estructural internacional, aún antes que aquella, que tuvo lugar en el plano político y de las relaciones de fuerza internacionales.

 

a)Un método que hay que aplicar todavía

El primer elemento a tener en cuenta es que, en el postguerra, con un partido comunista que sale victorioso de la guerra de liberación, como confirmación además del modelo organizativo y político producido en la lucha antifascista, el problema que se plantea Togliatti, y con él la casi totalidad del partido comunista, es exactamente el del cambio del papel y del modelo del propio partido. Es el “partido nuevo” que debe cambiarse a sí mismo en base a los cambios de las condiciones generales.

El fin del fascismo y la batalla política sobre las características de la democracia italiana, el papel de la clase obrera en la lucha antifascista y el enraizamiento que el partido tenía, se habían conquistado con la vieja forma organizativa; el nacimiento de la democracia de transición en Europa del Este y la división del mundo en bloques son las condiciones generales que llevaron a la transformación del PCI, clandestino primero y combatiente armado después en la resistencia, a cambiar radicalmente sus propias características, manteniendo sin embargo el carácter de clase que marcó el conflicto político en nuestro país durante los siguientes decenios.

 

La victoria sobre el Fascismo no llevó a la confirmación del modelo político que había vencido, sino que se produjo al contrario una transformación radical del partido que, abandonada una dimensión limitada, primero por opciones sectarias y después por la clandestinidad impuesta por el fascismo, se modificaba a sí mismo para poder acceder a las dimensiones del partido de masas. Los desarrollos sucesivos confirmaron sin dudas que aquellas decisiones eran adecuadas al nuevo contexto nacional e internacional, aunque la importante discusión sobre las opciones posibles en aquella época no se puede considerar resuelta. Como no se puede evitar, en la reflexión, la evolución reformista que vivió el PCI sobre todo a partir de los años 70 y que se concretó en la estrategia del compromiso histórico, de la cual vemos hoy en el PD los resultados finales.

 

Lo que, de todas formas, a nosotros hoy nos interesa entender y poner en evidencia es el método de análisis de la fase toda relativa al postguerra, la capacidad de entender las transformaciones sociales, en primer lugar el papel central de la clase obrera de fábrica referido al modelo productivo, y, finalmente, la capacidad de dotarse de las formas de organización adecuadas para recoger el empuje del conflicto de clase de aquel período.

 

Hoy vivimos, desde hace tiempo, dentro de un cambio tanto más radical del contexto en que actuamos; en el que, además de la crisis del movimiento de clase, también del comunista, se produce una profunda crisis del modelo capitalista que hace que reaparezcan sus propias contradicciones estructurales, lúcidamente interpretadas mediante las categorías del pensamiento marxista. No se puede pensar en enfrentar una fase de cambio como ésta sin plantearse los problemas relativos a la forma organizada de los partidos y de las organizaciones de clase y comunistas.

 

Y no se puede negar la capacidad que el movimiento comunista ha tenido a la hora de estructurar sus partidos en base a las condiciones que se manifiestan en cada uno de los diferentes países, confirmando de este modo que la organización es siempre un instrumento, y de modificarla cuando ha sido necesario y contra todo fetichismo organizativista.

 

Estamos en Italia, en Europa, o sea en uno de los corazones de la transformación iniciada por el capital para hacer frente de nuevo a las propias contradicciones; son transformaciones que tienen que ver, en primer lugar, con las condiciones de los pueblos y de las clases subalternas de este continente; así como también con la manera en que se debe organizar el movimiento de clase, con el cual los comunistas estamos en una afonía total; ya que se navega, más que en la confusión, en la ignavia de quien cree que desenvuelve un papel antagonista.

Las organizaciones actuales, incluso los partidos, viven una condición que no es la de masas, porque han perdido casi todas las relaciones con las clases subalternas. No se habla ni siquiera de militantes, porque el concepto de militancia se ha visto vaciado por la aceptación de la cultura hegemónica, que como máximo nos permite el “voluntariado”. La práctica interna de las organizaciones ha sido aplastada por la contingencia, antes que por la cualidad y la formación, y por el protagonismo individual.

 

b)Las nuevas condiciones

Reconstruir por este motivo un debate entre las condiciones actuales y las de la fase precedente, relativas al partido de masas; analizar las diferencias y las diferentes necesidades políticas a las que tiene que enfrentarse una organización comunista, es un trabajo útil para definir por aproximación el instrumento organizativo del que dotarnos hoy.

 

1)Más allá de la Nación. Un elemento de evidente diferencia entre el nacimiento del partido comunista de masas y la situación actual es el “teatro” de la lucha de clases. El PCI, desde el 1944, se presentó como fuerza nacional o, lo que es lo mismo, reclamó para la clase obrera un papel nacional y en la reconstrucción del desastre producido por el Fascismo; pero también en la recomposición de los otros sectores sociales que no eran clase obrera, desde los campesinos hasta los intelectuales, desde las mujeres a los jóvenes, todos marcados por la vivencia bélica, una recomposición entendida como “Bloque Histórico” que retoma la lección del Gramsci de la “cuestión nacional” y de la meridional.

El ámbito material dentro del cual desarrollar la lucha de clases y una función emancipadora general era la Nación. Era, así mismo, la conciencia de la división del mundo en esferas de influencia entre los EEUU y la URSS y del hecho de que la revolución tenía que replegarse en una democracia progresiva. En realidad, ésta fue la condición objetiva en torno a la cual se hizo política hasta los años 90, y cuando, en los momentos de agudización del conflicto político y de clase, se intentó romper el equilibrio la respuesta del poder fue de tipo golpista, terrorista y violento.

 

Inevitablemente, es necesario comprender cómo las diversas condiciones históricas pueden determinar diversos modos de actuar y organizarse de los comunistas. No partimos de cero, en el sentido de que en Italia el fin del PCI no correspondió a la diáspora y desaparición de los comunistas; al contrario, se desarrolló una experiencia como la de la Refundación Comunista que continuó por el camino trazado por el PCI, también con las organizaciones políticas de los años 70, que replanteaban un partido de masas que, para el sentido común de los militantes, era la única vía posible visto también el entusiasmo con que se inició en los años 90 aquella experiencia por parte de gran parte de aquella militancia que no quería aceptar la liquidación de una historia importante.

 

Ciertamente, la responsabilidad de este proceso podría cargarse a la cuenta de dirigentes “desviacionistas” como Cossuta y Bertinotti, pero esto seria poco más que una excusa que dejaría la Historia en manos de individuos y no a los procesos generales. Tenemos que ir más al fondo, y es indudable, salta a los ojos, que la dimensión nacional que había sido la cuna en la cual había crecido el movimiento de clase y comunista, ha venido a menos: hay que recordar los dos factores. Un venir a menos producido por el salto adelante de las fuerzas productivas que exigían otras envolturas estatales para poder producir beneficios y competir de manera más sobresaliente; para nosotros esto ha llevado a la constitución cada vez más concreta de la Unión Europea. Fuerzas productivas que, sin embargo, han arrastrado consigo todos los aspectos de la vida de los pueblos implicados, desde la comunicación a la formación cultural, desde los aparatos productivos a las instituciones políticas, en definitiva un salto histórico del que se minusvaloraba el relieve hasta la explosión de la crisis financiera del 2007.

 

En negativo, no se puede más que indicar la responsabilidad, la miopía de los grupos dirigentes atareados en todas otras cuestiones, como por ejemplo las electorales. Pero en el estado actual el problema principal es el de entender cómo adecuar, de nuevo, el movimiento de clase y comunista a la nueva dimensión histórica que ha superado la precedente dimensión nacional. Naturalmente, este proceso de superación de las fronteras nacionales implica a todas las áreas económicas y monetarias que, de modo diverso, se dispusieron a este cambio de dimensión de la producción y de la circulación de capital, véase el papel del NAFTA para los EEUU. Pero reconcebir una perspectiva para los comunistas de nuestro país significa aceptar, en primer lugar, el desafío de la cualidad teórica y política, la única cosa que puede darles las condiciones para comprender las dinámicas de la realidad y de prepararse adecuadamente, también concibiendo hipótesis alternativas y de ruptura a las de la Unión Europea, ideológicamente presentada como la única salida posible para los pueblos del continente.

 

2)¿Fin de la democracia burguesa? Otro dato importante que ha caracterizado el nacimiento y la afirmación del partido de masas ha sido la lucha por la democracia. En torno a este nudo del conflicto de clase en nuestro país se han producido momentos constitutivos de aquel período histórico, la batalla victoriosa contra la ley estafa del 1953, el gobierno Tambroni que cayó después del intento de relegitimar a los fascistas, en el 1960, aceptando el apoyo al gobierno; la lucha en los lugares de trabajo por los derechos sindicales en la cual fue central el enfrentamiento con la FIAT Vallettiana, y otros momentos más de conflicto político que han sido fundamentales para ampliar los espacios democráticos en un país en que la clase dirigente era portadora todavía de las características de la cultura reaccionaria que sobrevivió al fascismo.

 

Hay que aclarar, sin embargo, una característica central de aquel período. La batalla por la democracia, la ampliación de sus espacios, no se acababa con la afirmación de los principios generales sino que eraa vivida, por el movimento de clase de nuestro país, como una “etapa” de la lucha por la transformación social en Italia. Estaba muy claro que no se podía hacer “como en Rusia”, pero se podía proponer la hipótesis de una transición democrática y pacífica a un sistema social más equilibrado y no todavía socialista.

 

Por otra parte, en aquellos años, los países del Este europeo no habían adoptado todavía el modelo soviético, existía de hecho la propiedad privada, aunque controlada; había otros partidos además de los comunistas, y estaba claro que en aquellas condiciones continuaba la lucha de clases; o sea, estaba claro que la sociedad estaba todavía subdividida en clases. Explicativo de la orientación del PCI en aquella época son los artículos de Eugenio Reale y de Eugenio Varga publicados en Rinascita de mayo a junio del 1947, en los cuales esta lectura de los países del Este de Europa es explicada en modo detallado.

 

Éste era el escenario en el que se desarrollaba en nuestro país, y en otros países de Europa, la batalla por la democracia entendida de manera “progresiva”, un contexto en el que cabía la hipótesis de una reunificación de los partidos de clase, o sea del PCI y del PSI.

 

Queda clara también la diferencia entre aquella democracia, como terreno del conflicto por la transformación, y la otra de la cual se ha hablado después. De hecho, ya a principio de los años 70 esta concepción progresiva decae en el propio PCI, que a causa del duro enfrentamiento político acabó aceptando totalmente la concepción de la democracia formal, o sea burguesa. La defensa de la Constitución Italiana deviene por este motivo una cuestión de tipo “religioso”, como la aceptación de tablas inviolables e inmodificables; así, abandonando toda hipótesis de transición, se hace que la democracia burguesa se convierta en el terreno político más avanzado, no en términos de clase sino en términos de valores generales, socialmente indistintos. Se asume el Estado burgués así tal cual es, como baluarte a defender tout court.

 

No queremos aquí hacer un juicio definitivo de aquellos cambios sino resaltar cómo la cuestión democrática se transformó y cómo el partido de masas adecuó su propia concepción y relaciones a las condiciones específicas de aquellos tiempos, llegando así a una modificación substancial de la propia finalidad estratégica.

 

Este pasaje no tuvo solamente efectos sobre la línea política, sino que incidió profundamente sobre el modo de ser del partido de masas y de su relaciones internas. Perdiendo relevancia el “Fin”, o sea la “Revolución” entendida también en sus formas democráticas, de la manera que la había concebido el PCI (son de aquel período las declaraciones de Berlinguer sobre la utilidad del “paraguas” de la OTAN y sobre el fin del impulso propulsor de la URSS), saltó a primer plano la política vista como táctica exclusivamente relativa a los escenarios político/electorales del momento. Esto produjo una mutación de la percepción de la política por parte de los cuadros del partido, modificando el elemento estratégico y acondicionándolo solamente a la dimensión práctica o, mejor dicho, pragmática.

 

Todo esto tuvo un efecto sobre la “teoría”, o sea sobre la capacidad de interpretar el mundo en sus dinámicas fundamentales; y ha tenido un subproducto que al principio pasó inadvertido pero después se manifestó en los roles individuales, cada vez más prevalentes de los grupos dirigentes: ¿quién no recuerda el arrogante protagonismo de Occhetto? Esta maduración perversa si mostró plenamente después, con la ruptura de las formas organizativas de las organizaciones de la izquierda, no solamente del PCI, y fue un presupuesto de la corrupción política y económica que llevó después a la devastación actual.

 

Hoy la situación se ha modificado más, la democracia se ha convertido, como el trabajo, en una variable dependiente y por tanto funcional a las modificaciones necesarias al nivel de desarrollo de las actuales sociedades capitalistas. La crisis, la construcción del Polo Imperialista Europeo y la transformación de las clases dirigentes en clases en clases dominantes llevan evidentemente a la reducción de la democracia burguesa hasta su desaparición de hecho, a causa de las condiciones generales impuestas por un nivel cada vez más intenso de la competición global que el aparato capitalista reclama.

 

Hoy es evidente que hablar de cómo los comunistas tienen que organizarse y de cuál sea su función no puede prescindir de esta evolución política y de cómo el contexto democrático de nuestro país está cada vez más degradado. El partido de masas, que fue “embalsamado” en los últimos decenios, muestra en esta fase su superación, si no por otro motivo, sí como mínimo por el hecho de que los partidos de la izquierda italiana han sido expulsados de la arena institucional, no tienen ningún representante elegido a nivel nacional.

 

3)Del bipolarismo al multipolarismo. El cambio “ambiental” de la acción de los comunistas no hace referencia solamente a la dimensión nacional, sino que implica de lleno también la escena internacional, que siempre determinó en el último siglo también las dinámicas más específicamente nacionales. Es casi superfluo recordar en este debate cosas tan evidentes: sustancialmente se ha pasado del bipolarismo producido por la competición, también global, entre la URSS y los EEUU a un mundo multipolar donde las áreas imperialistas colaboran y compiten con países que no son imperialistas, en una dinámica que no ha mostrado todavía sus efectos últimos. Es una situación históricamente inédita en que el extrapoder de los países dominantes no está totalmente completo a pesar de la ausencia de una alternativa social  al capitalismo. Este cambio reclama una cualidad especial en la capacidad de análisis de la organización bien diferente a la de la fase precedente.

 

Han perdido importancia algunos parámetros fundamentales que han formado a generaciones de jóvenes, militantes y simples afiliados a los partidos. Uno de estos es ciertamente la cuestión del imperialismo; desde el 1945 el único imperialismo conocido ha sido el de los EEUU, contrariamente a lo que había pasado en las fases históricas precedentes a la II GM, cuando no existía el imperialismo sino “los imperialismos”, una diferencia que no es poca cosa para quien ha percibido en la propia experiencia práctica solamente el de los EEUU.

 

Con el fin de la URSS y con la vuelta de la historia hacia atrás, hacia el inicio del 1900, se ha continuado pensando como antes en un solo imperialismo ignorando el papel que, cada vez más, asumían la UE y el Euro como protagonistas de la competición global, cosa que hoy, sin embargo, aparece claramente dentro de la crisis financiera mundial. No ha sido solamente un error de características teóricas. Esto  también ha puesto en evidencia la incapacidad de lectura de las dinámicas de la sociedad y de los sectores de clase de nuestro país, que mientras tanto acumulaban cambios materiales, culturales y políticos cada vez más grandes. Si hubiésemos tenido esa capacidad, se hubiera visto claramente que los cambios nos exigían reflexionar, rever y reconcebir las relaciones entre la subjetividad política organizada y la realidad de la clase en vías de modificación.

 

Pero el paso a un escenario mundial multipolar ha puesto otro obstáculo a la capacidad política de las fuerzas comunistas. Mientras, justamente, se continuaba concibiendo la necesidad de la transformación social, de la revolución, el modelo a seguir y el cómo concretamente se podía organizar una sociedad alternativa perdieron relevancia con el fin de la URSS. Y esto pide también aquí un salto de cualidad política y teórica. La crítica a la URSS no apareció, ciertamente, al final del equilibrio de estados sino que ya estaba presente, y con razón, en los años 60 con la posición del Partido Comunista Chino y se desarrolló con el crecimiento de los movimientos revolucionarios internacionales hasta los años 70, también en nuestro país. Pero si aquel modelo no era ciertamente el mejor a seguir, hoy en nuestra situación política es posible tocar con la mano el papel antimperialista que objetivamente desarrollaba, y no ciertamente desde una perspectiva “reaccionaria” de la Historia.

 

Hoy, más de veinte años después, podemos decir que la Historia se ha puesto en marcha de nuevo mostrando, en primer lugar, que el capitalismo mantiene todas las contradicciones, con sus trágicos efectos sociales, económicos y bélicos, como se puede observar. Pero, sobre todo, que el fin del llamado socialismo real no ha significado el fin de todas las experiencias revolucionarias que nacieron en el curso del siglo pasado.

 

Saber que el capitalismo no es el fin de la Historia es ciertamente un elemento importante, pero para nosotros el problema es también cómo una estructura comunista se organiza para interpretar y colocar en su propia acción esta nueva realidad internacional. Realidad que inciden concretamente en la dimensión nacional, pero que no ofrece ya más, como antes sucedía, un modelo social alternativo “cierto”. Todo esto, obviamente es relevante por las características del “intelectual Colectivo” que hay que construir, en un contexto en que un modelo alternativo de sociedad no está inmediatamente disponible para los sectores sociales de un país dentro de la UE.

 

4)Atravesando el desierto cultural. Al afirmar esto no nos referimos a la Cultura con C mayúscula que pertenece naturalmente a los intelectuales, sino al bagaje, al saber colectivo que nace de las experiencias históricas concretas de los pueblos y de las clases y que está hecho de referencias, de valores, de relaciones y comportamientos que producen una conciencia y una identidad propias.

 

El paso del partido clandestino del período fascista al de masas se produjo en un dramático período histórico marcado por la guerra y la lucha de liberación en el que las mistificaciones ideológicas no tenían más sentido, donde la verdad surgía de la dureza del enfrentamiento y donde cada uno estaba obligado a cargar con las propias responsabilidades, optando así por uno u otro lado. Una decisión como ésta implicaba inevitablemente la necesidad de entender bien la realidad, sus evoluciones y el interés propio, por eso existían entonces los pensamientos fuertes que “ofrecían” referencias y valores. Al final de la guerra y de la lucha de liberación, las clases subalternas de nuestro país salían en una condición política opuesta a la vivida en el fascismo, donde la pasividad y la sumisión eran los valores del régimen. A esta importante empresa había contribuido el partido clandestino, de cuadros, y la lucha de liberación. Pero también de este resultado nacía la hipótesis del partido de masas, porque la cultura popular que se había generado en aquel pasaje histórico permitía la mutación a la dimensión de masas.

 

¿Cuál es la condición hoy en que vive sobre esta dimensión una fuerza comunista? Sabemos bien cuál es el estado de atraso de la consciencia, no ya de clase sino incluso civil; veinte años de devastadoras campañas ideológicas han construido premeditadamente valores y referencias culturales que solamente la crisis actual está desmontando lentamente.

Pero ha sido más determinante la desaparición de cualquier referencia real alternativa y antagonista. Por lo que hace la izquierda en Italia, hay que decir que se ha promovido una especie de arrepentimiento en masa; o sea, se ha difundido la convicción de que todo aquello que se había hecho en el 1900 estaba equivocado. Hay que añadir que esta visión de las cosas en realidad ha penetrado hasta el fondo en el vasto pueblo de la izquierda, al que no se propuso razonar sobre los errores importantes, muchos y serios, sino solamente sobre una idea del fracaso que empujaba a pensar según esquemas ideológicos que el adversario de clase “gentilmente” nos ofrecía.

 

La afirmación del partido del líder, que ha sustituido al intelectual colectivo y las prácticas democráticas en las organizaciones; la aceptación del berlusconismo como mal absoluto, la asunción políticamente paralizante de la lógica de lo menos malo, la pérdida del valor de la independencia de la clase y, por tanto, el profundo sentido de impotencia y subordinación a las dinámicas institucionales son las forma en que se ha manifestado la aceptación del estado de cosas existente. Es en esta condición caracterizada por las ruinas culturales de la clase que la idea de partido de masas entra en crisis; pero es así, por tanto, en tal situación en la que hay que repensar el papel de la organización comunista y de una consecuente hegemonía sobre sectores sociales.

 

c)La forma de la Organización Política.

Hemos visto como en el desarrollo de las varias fases históricas a cada cambio producido por el desarrollo capitalista se corresponde un cambio de la organización de clase. Esta dinámica para nosotros es válida hoy todavía y respecto a los análisis que hemos hecho, tanto en el plano de la objetividad como en el de la condiciones subjetivas, pensamos que recupera peso una hipótesis de reorganización de cuadros militantes. El partido de masas, así como lo hemos conocido, ha llegado a su epílogo gracias a las características de sus grupos dirigentes, características no individuales sino producto de un profundo proceso estructural que se intensificó con el nacimiento del PD y sobre el cual no nos alargamos aquí.

 

A partir de la mutación genética del PCI, de su disolución y con el nacimiento del PRC/PdCI, el partido comunista de masas consideró completa su función en la sociedad italiana basándose en un esquema simple, repetido obsesivamente y nunca puesto en discusión:

-la relación con las masas delegada en la relación con la CGIL, cada vez más con la CGIL como aparato y cada vez menos con los trabajadores;

-participación en las elecciones a cualquier precio, entendiendo éstas como la única razón de existencia y vida en el plano político;

-actividad política limitada a la propaganda y movilización limitada a las manifestaciones centrales, fiestas y campañas electorales.

 

Hay que admitir que este esquema se ha revelado inadecuado e ineficaz, y desastroso en los tres puntos. Pero no solamente eso. De este modelo de función política desapareció prácticamente el tema de la organización, o sea del cómo, dónde y cuándo el partido organiza concretamente -y con qué instrumentos propios- a los sectores sociales de referencia.

 

El modelo de tres frentes (estratégico/ideológico, político, social/sindical sobre el cual volveremos) hipotizado por la Red de los Comunistas, ha intentado responder no solamente a la crisis de los partidos comunistas tradicionales sino también poner a disposición un modelo que se discuta, verifique y experimente, una hipótesis que ha sido rechazada y retirada sistemáticamente de la discusión en los y de los partidos comunistas existentes en Italia después de la disolución del PCI.

 

En otras palabras, el partido de masas en esta fase histórica es demasiado “débil” y con demasiadas contradicciones internas como para enfrentar las dificultades de un recorrido complejo; en este sentido hay que recuperar la cualidad del análisis y de las relaciones internas en la organización, la capacidad de interpretar y construir el conflicto de clase, la formación de los cuadros y también de orientación de ámbitos sociales de “vanguardia”; todo esto, obviamente, dentro de los límites de las posibilidades dadas. Lo que debe emerger es un modo sustancialmente diferente del cómo se vive en estos años y del cómo todavía se vive la militancia, donde la formación política sustituya al activismo periódico en las contiendas electorales y donde la necesidad de construir sistemáticamente el conflicto y la organización de clase devenga un elemento central de la acción de los comunistas en la sociedad. Lo que proponemos no es un idea ya definida de organización sino de razonar sobre presupuestos que puedan producir una hipótesis de organización comunista en sintonía con los tiempos y con la colocación en una Unión Europea imperialista.

 

1)La Organización militante de cuadros. La opción del “partido de cuadros”, por tanto, no es voluntaria ni dictada por el sectarismo, que además es muy “comprometedor” y poco gratificante, sino que es dada por la situación; esto no significa que esta hipótesis esté acabada, pero se trata de un pasaje obligado para volver a dar credibilidad de masas a la posibilidad de cambio. Vuelve la importancia de la subjetividad y, en este sentido, reiniciar del “¿Qué hacer?” significa encontrar una referencia teórica válida para reconstruir una hipótesis sabiendo que esta elaboración y verificación hay que hacerlas en las condiciones actuales. Vale la pena constatar que hablar de partido de cuadros no significa poner un límite cuantitativo y por tanto tener necesariamente una posición minoritaria; al contrario, significa poner en el centro la cualidad de la militancia, la madurez de los compañeros que deben ser conscientes de la complejidad de las tareas que se han elegido, además de darse una organización capaz de sostener el compromiso colectivo e individual requerido.

 

Capacidad de síntesis y relación de masas, organización y espontaneidad son cuestiones extremamente modernas que realza la reorganización capitalista y el nuevo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, que están determinando a nivel mundial una nueva situación de movimiento y por tanto de apertura de espacios para las alternativas. Partido u organización de cuadros, porque tiene que enfrentar situaciones en evolución con las características citadas. Reconstruir por tanto un intelectual colectivo significa medirse con los problemas de la hegemonía y de la teoría hoy, y esto no se puede hacer con un cuerpo militante que es tal solamente en ocasiones, para los “eventos” políticos o los períodos electorales.

 

La inadecuación de una acción tal está demostrada y es inútil explicarla; el problema que tenemos es cómo prepararnos para su superación. La izquierda anticapitalista, tanto en Italia como en Europa en general, tiene que saldar cuentas con un protagonismo movimentista que se ha afirmado particularmente por encima de la forma partido después de la caída del bloque soviético. En un cuadro como este, con un nivel particular y una conciencia de clase bajo mínimos, replantear hoy la estructura del partido de masas puede ser un grave error estratégico. El problema de la organización política no es cuantitativo sino cualitativo; en este sentido retomar hoy la enseñanza de Gramsci significa enfrentar específicamente las “cuestiones” de la formación y de la autoformación, de la preparación de los cuadros, con una ética y una disciplina revolucionaria precisa.

 

Si las dinámicas históricas que hemos intentado extrapolar son mínimamente acertadas: o sea, la disgregación de la clase en la producción flexible, la complejidad social de los centros imperialistas, las características inéditas de la agitación política ligada a la nueva condición social y de clase (en nuestro caso la realidad del M5S o de los populismos de derecha en Europa); se hace necesaria aquí también una aproximación cualitativa que no puede ser sustituida por ningún protagonismo político/electoral, vista la dimensión de las cuestiones que se plantean frente a una seria reconstrucción de una realidad comunista, partido o la organización que sea.

 

2)Militancia y conciencia de clase. Este salto cualitativo del actuar de una organización comunista no puede no confrontarse con el contexto en que debe madurar una moderna conciencia de clase, en relación directa con el compromiso militante individual que está en la base de una organización tal. Sobre este aspecto es ineludible una profundización analítica y teórica. En las fases precedentes, de hecho, la relación entre partido y objeto social, la clase obrera propiamente dicha, era una relación directa y funcional, o lo que es lo mismo la lucha política de las clases subalternas se asociaba a una posibilidad de emancipación también a nivel individual; quien militaba, partiendo de una condición social de clase y subalterna, hacia de este empeño su punto de fuerza y de identidad personal para “progresar” también en el plano cultural.

 

Todo esto hoy puede ser solo parcialmente verdadero si lo referimos a las modalidades clásicas del movimiento obrero, por ejemplo para los trabajadores inmigrados que viven una condición de explotación y de degradación social. Se plantea, por tanto, el problema de los sectores sociales proletarizados y penalizados por este desarrollo, a menudo compuestos de trabajo intelectual más que del manual, que deben estos también encontrar los elementos de identidad y de emancipación que les empujen a comprometerse hasta modificar la propia visión del mundo, o sea la que ahora ofrece el sistema dominante.

Este elemento hay que ponerlo en evidencia, porque mientras parece teóricamente correcto hablar de partido de militantes, sabemos bien que la sociedad no produce automáticamente sujetos disponibles para esta relación, al menos esto es lo que nos dice nuestra experiencia directa. Esta dificultad se manifiesta mientras los militantes de nuestra variada izquierda se arriesgan a replegarse e individualizarse todavía más bajo el peso de nuevas derrotas y con el pasar del tiempo.

 

3)Nuestra crítica a la “refundación comunista”.

Nuestro enfoque y nuestros razonamientos sobre la cuestión del partido no pueden no tener en cuenta la historia concreta en nuestro país de la Refundación Comunista, más allá de las formas y evoluciones diversificadas que ha adoptado en el arco de los últimos 25 años. Indudablemente, ha sido una de las experiencias más significativas de Europa occidental porque quien en aquella época decidió romper con el PDS pudo gestionar un capital político y humano que el PCI y la que había sido la izquierda extraparlamentaria, reencontrándose finalmente en el PRC, habían dejado después de la escisión de Occhetto del comunismo.

A pesar de que muchos compañeros y compañeras de la RdC han pasado por la experiencia de aquel partido, ésta se encontraba desde el inicio fuera de aquel ámbito, a cuenta de la distancia existente entre el análisis de los procesos en su globalidad, que en aquella época empezaban a mostrar elementos de novedad, y la dinámica que tomaba cuerpo en el Movimiento por la Refundación Comunista, primero, y el Partido de la Refundación, después, hasta la llegada de Bertinotti a la secretaría política.

Hay que tener en cuenta que aquella opción diferencial fue en esa época una cosa dificilísima, vista la capacidad de atracción de una experiencia que, en su nacimiento, disponía ya de un potencial político y cuantitativo muy consistente, tanto como para reagrupar a decenas de miles de afiliados y conseguir sl tiempo cerca del 10% del electorado.

 

A pesar de las críticas realizadas en aquella época sobre la política del partido, que ha tenido siempre como referencia contradictoria las varias mutaciones del PCI, del PDS al PD, y los gobiernos de centroizquierda como guía, sobre todo, de Prodi; no era para nosotros éste el corazón de la cuestión. Ciertamente, la opción de aprobar el paquete Treu sobre la precariedad, las vueltas sobre las varias reformas de las pensiones, hasta los muchos votos a favor de las intervenciones militares, marcaron la distancia y a menudo también la contraposición en las movilizaciones, como sucedió por ejemplo con ocasión del 9 de Junio del 2007 en las manifestaciones contra Bush cuando la izquierda, entonces en el gobierno, se vio literalmente aislada por una manifestación de decenas de miles de personas que protestaban de forma alternativa a aquel grupo de la izquierda.

 

Los puntos de crítica y diferenciación efectivos fueron, sin embargo, siempre de tipo estratégico, en tanto que elementos evidenciados en nuestros análisis, aunque en realidad éstos no han tenido nunca ciudadanía política en una izquierda “radical” que hoy paga el precio de su inconsistencia analítica y teórica. Los puntos sobre los que hemos insistido durante años son cuestiones que hoy emergen de la realidad de los hechos, pero que entonces nacían de un intento de no abandonar la caja de herramientas marxistas para la visión del mundo. Vale la pena recordar algunos de estos puntos.

 

-Ciertamente, la cuestión del imperialismo, o sea de los imperialismo. El enamoramiento instrumental de la teoría del Imperio producida por el pensamiento de Tony Negri, fuertemente apoyado por el secretario Bertinotti, fue sin duda el punto de ruptura de nuestra divergencia con el pensamiento mayoritario que viajaba en aquella época entre los comunistas. Esta divergencia no fue puramente teórica, ya que con el tiempo ha asumido un valor político en torno a la naturaleza de la Unión Europea que, desde los años 90, se ha reforzado cada vez más, con la creación de la moneda única primero y después, de crisis en crisis, configurándose cada vez más como una nueva dimensión estatal en formación.

 

Hoy, la distancia es total y la experiencia griega del pasado verano ha proyectado luz sobre la dos tendencias que se han manifestado entre los comunistas y el movimiento de clase. Pensar en democratizar la UE es una discriminante directamente política, evidente y que produce un posicionamiento. El error también en este caso hubiera sido no continuar elaborando los análisis autónomos sobre la naturaleza del sujeto imperialista subordinándolos a las manifestaciones contingentes y contradictorias que se producen en el curso de la competición internacional y de las tácticas que los imperialismos adoptan.

 

-Otro punto de separación fue la valoración sobre las condiciones de la clase real que se venía configurando en el país y en nuestro continente. El proceso de construcción del Polo Imperialista Europeo ha sido un hecho estructural, y el producto de una estrategia política de las clases dominantes europeas; un hecho que se sitúa dentro de la mundialización efectiva del Modo de Producción Capitalista, que ha producido una profunda restructuración productiva, financiera, comercial y, al fin, social, del mundo del trabajo e ideológica. Todo esto ha incidido sobre la que habíamos definido como composición de clase, que hoy asume formas históricamente inéditas y produce la necesidad de analizar a fondo la condición social en que actuamos y que se ve sistemáticamente revolucionada por las contradicciones del capitalismo.

 

No sólo no tenemos la composición de clase de fábrica y obrera de los años 70, sino que esta última se ve envuelta en los procesos económicos que se han desarrollado en los últimos decenios. Hemos visto en los decenios pasados la formación de una aristocracia asalariada, similar por función a la obrera analizada en su tiempo por Lenin, formada por trabajo por cuenta ajena y autónomo, orientada hacia el consumo y el mantenimiento del mercado, que políticamente ha sido la base social del centro izquierda, y en parte también de la izquierda. Formación social que se ha hecho subalterna, gracias a la propia condición de relativo privilegio hacia el resto del mundo, al desarrollo general actual, incluso al de la tendencia a la guerra. Hoy, esta condición que ha marcado la situación al menos hasta el inicio de la crisis en el 2007, está en vías de superación porque la crisis está reproduciendo los procesos de desigualdad y de proletarización clásicos del desarrollo capitalista, también del trabajo intelectual, que en el contexto actual penaliza a los sectores sociales y los pueblos del sur de Europa, como la experiencia griega, pero también las española, portuguesa e italiana, están demostrando muy plásticamente.

 

-Es exactamente en este contexto en el que hemos realizado la crítica al partido comunista de masas, no porque nos parezca equivocado en base a principios políticos abstractos sino porque nos parecía que se estaban creando las condiciones históricas y materiales para su superación. Ni los grupos dirigentes comunistas percibían estos cambios en cuanto las referencias asumidas eran las de la política contingente, cosa que significaba sustancialmente pensar en elecciones como ámbito prioritario de la política y de la propia supervivencia de partido. Error de cálculo, éste, que hoy aparece de modo obvio ya que el partido comunista de masas ha desaparecido de hecho, más allá de cualquier opción, con la rescisión de todos los vínculos sociales en nombre de la política; mientras que el partido de cuadros es la única forma que podría tener en la tormenta histórica en que estamos inmersos. Esto no es ninguna invención, lo que pasa es que, simplemente, fue retirado de la cultura política de los comunistas.

 

-Pero la concepción del partido de masas, arrastrada a un contexto histórico diferente, ha producido también otro daño que ha profundizado las dificultades de los comunistas. Nos referimos a la cuestión sindical; si la opción estratégica, de hecho, era la de salvaguardar el carácter de masas y por tanto electoral, en el plano sindical las relaciones y los proyectos no podían más que privilegiar los lazos con la CGIL. Hace tiempo que para todo el mundo era evidente la degeneración de ese sindicato; CISL y UIL le habían precedido con las políticas de concertación cómplices y que han tenido el único objetivo de contener el conflicto de clase. Decir estas cosas hoy es una obviedad, mientras que la CGIL misma se apresura a eliminar a todos aquellos sujetos que están “fuera de la línea” y son sospechosos aunque solamente sea de una parcial disidencia.

Esta estrategia desastrosa se ha justificado políticamente con la necesidad de dar la batalla dentro del sindicato histórico de clase, cuando eran ya evidentes los procesos de degeneración; pero en realidad esto reflejaba la debilidad teórica y práctica de la refundación en acto, incapaz de relacionarse y organizar directamente a los sectores de clase con proyectos independientes propios. Todo sumado, lo que se salvaguardaba era la fuente de votos que el sindicato representaba y que una escisión de la CGIL no hubiera garantizado.

 

-Justamente, no podemos olvidar la cuestión de los movimientos, o sea del “movimiento de movimientos”, tal y como fue definido. Ésta tiene una vertiente táctica ligada al momento político que ha sido lo que prevaleció en aquella época; no por casualidad el PRC de Bertinotti, hoy fan de Comunión y Liberación, consiguió el mejor resultado electoral.

Pero hay también una vertiente estratégica sobre la cual vale la pena razonar; no se puede ciertamente esconder la dimensión de masas alcanzada y que en los primeros años 2000 produjo la hipótesis de un renacimiento de la izquierda “antagonista”. En aquel movimiento participamos también nosotros de varias formas, además de la directa como RdC, en cuanto identificamos una oportunidad con la cual medirnos. Dicho en términos directos, si la izquierda comunista se había embarcado y roto en la experiencia gubernamental de Prodi, que se reprodujo fatalmente en el 2006; todo lo que había sido el cuerpo social en particular vinculado al PCI, que andaba de la CGIL/FIOM al ARCI, a la Liga de las Cooperativas, al asociacionismo pacificista y católico, en suma toda la sedimentación cultural y social producida del potsguerra, encontró una autonomía de movimiento en una situación de crisis política de la izquierda y de incipiente peligro berlusconiano.

Una posibilidad creada también gracias al movimiento de Seattle, que se consumó en los años siguientes en el tacticismo, en la participación electoral y en el carrerismo individual que todos nosotros conocemos bien. Así pues, después de la consunción política de los partidos se produjo la consunción material de aquel bloque social que sostenía a la izquierda en nuestro país. Si aquella izquierda difusa que había sido la base de tantas movilizaciones realizadas incluso contra las propias representaciones institucionales, hoy vive también ella una condición de disgregación y dispersión, la responsabilidad no puede buscarse más que en una refundación que no ha sabido o querido ser dirección política realmente antagonista tal y como se afirmaba.

 

En síntesis. Lo que estamos proponiendo no es ciertamente una hipótesis de partido, que no puede nacer más que del conflicto de clase si los comunistas logran encontrar las formas y el modo para reproponerse como “vanguardia”, tal y como se decía en otros tiempos. Es más bien un intento de reabrir la discusión en un plano que ha sido eliminado completamente o que ha sido delegado a los intelectuales, que por su parte han hecho muchos daños, obviamente porque fueron abandonados y sin término medio de relación con la realidad de clase en el país. Proponer un seminario y no una convención en que se defienden tesis definidas significa abrir un debate sin veleidades o reducciones organizativistas, pero con la necesaria determinación. La fase que se abre, las contradicciones que se expresarán y sus formas serán del todo inéditas y, esta vez, no tenemos ni siquiera aquel capital político y humano que había en los años 90, aunque con líneas políticas que después se revelaron equivocadas, que permitió un protagonismo político significativo y movimientos de masas en nuestro país.

 

Ninguna síntesis organizativa inmediata sino la necesidad de un debate y de una profundización teórica que sea al tiempo de formación para las jóvenes generaciones; estamos a disposición para crear, también formalmente, una sede estable y periódica en la cual el debate entre comunistas esté libre de contingencias políticas pero que sirva de brújula para su acción política y en la relación con la clase real de nuestro país.

 

La fuerza, o sea los comunistas y la clase

La cuestión de la “fuerza” se plantea no sólo como característica directa de la organización política, sino como fuerza en cuanto a capacidad de organizar y, así, de representar a una clase, un bloque social. No existe ninguna “organización comunista” seria si no está enraizada en la clase y en el conflicto. No se forma ningún cuadro comunista si no se saldan cuentas en primera persona con la realidad de las “masas” concretamente existentes. La relación con las masas es el único terreno de verificación de las capacidades individuales y colectivas para “construir organizaciones”. Cualquier hipótesis estratégica o de línea política, sino recibe la aprobación de las masas, se queda en una pura hipótesis. Cualquier argumento que no “prenda” en un interlocutor de masas real o está equivocado o se “dice” de modo incomprensible.

 

A la disgregación material inducida por la reorganización productiva y social se responde con un fuerte papel de la subjetividad en los procesos de recomposición del conflicto de clase; pensar en hacerlo partiendo solamente de la “política”, aunque se entienda en su dimensión más autónoma y abstracta, significa continuar el camino por una vía sin salida. Hacer crecer la relación de masas organizada, ofrecer a los cuadros políticos un método de trabajo y de verificación de las propias hipótesis, es por contra una obligación a la que nadie puede escapar. Nosotros los primeros, obviamente. Es partiendo de estos elementos como se pueden iniciar los procesos de reconstrucción que hay que contextualizar en el cuadro global que hemos intentado dibujar.

 

Si la cuestión planteada en el capítulo precedente sobre el partido de cuadros es fundamental, igualmente importante es la “función de masas” que éste debe saber desenvolver, en cuanto, por más que es evidente la dificultad de los comunistas para reproducir en la sociedad actual la hegemonía de los decenios pasados (ya sea por las responsabilidades subjetivas ya por las condiciones objetivas), hay de todas formas que identificar y reconstruir los nudos de la relación con la más amplia parte de la sociedad de la manera que es hoy, diferente a la que fue en los períodos precedentes del conflicto de clase.

 

Trabajar para dar de nuevo una representación política a las clases subalternas, destruida por los procesos de reorganización capitalista, mantener y organizar el conflicto social y sindical en las múltiples y disgregadas formas que hoy manifiesta, dar de nuevo un papel a los jóvenes en una sociedad que los quiere sin futuro, estos y otros son los terrenos para la reconstrucción que hoy tienen que enfrentar las organizaciones comunistas; terrenos preparatorios también para la producción de una visión diferente del mundo y de las posibilidades de superación de la profunda crisis actual.

 

“Función de masas” entendida no como simple orientación política para ofrecer a quien hoy está inmerso en las contradicciones, una orientación que hacen imposible los “aparatos ideológicos del Estado”, de la escuela a los medios de comunicación de masas, sino como intervención directa de organización del conflicto de clase con las formas adecuadas en todos sus niveles de expresión articulados.

La política así como la hemos entendido en los decenios pasados ya no existe. El conflicto reivindicativo permanece pero las relaciones de fuerza entre las clases son demasiado desfavorables para los trabajadores. Se reconfirma por tanto la indispensabilidad de la proyectualidad en función y para la construcción directa y no formal de la organización de clase, sustancialmente para dar cuerpo a la acumulación de fuerzas que es la única posibilidad de modificar las relaciones sociales.

 

1)Los “tres frentes” del conflicto de clase y la recomposición.

Si hablamos de partido y organización política el dato a tener en cuenta es el de la síntesis de los elementos estratégicos, pero si hablamos de relación de masas prevalece la complejidad de las figuras sociales existentes y la necesidad de identificar las actuales modalidades organizadas de la relación política y social. También en este plano nos parece que ha habido discontinuidades que queremos proponer y discutir. No nos parece, de hecho, adecuada una continuidad automática sobre el papel del partido y sobre su acción respecto a la que había sido la fase precedente hasta el 1991, que se prolongó durante los años siguientes. Fase que había visto en el partido de masas el punto más avanzado de síntesis de los proyectos de transformación, mantenida como horizonte también por el PCI, la representación política y parlamentaria y la representación sindical en que la CGIL tenía un papel central.

Esta función de síntesis de la organización política de masas era válida tanto para el PCI como para las diversas organizaciones de la izquierda revolucionaria, surgidas después del ciclo de luchas del 68/69, a pesar del durísimo enfrentamiento sobre las líneas políticas. Aquella fase de profunda transformación de la sociedad italiana se vio atravesada por un conflicto de clase generalizado, pero también por una rica elaboración teórica y cultural que en aquel contexto definió con claridad perfiles y estrategias políticas.

 

El punto de fondo que marca la diferencia es que la derrota histórica vivida ha llevado a la descompaginación de aquellos tres frentes que durante todo el 1900 habían tenido una síntesis política y una capacidad de acción y de transformación en el partido. Se trata del plano teórico-estratégico relativo a los comunistas, el político e institucional y el sindical-social; si queremos, podemos decir que la descompaginación producida ha sido comparable a una derrota militar que ha obligado al ejército a realizar una retirada estratégica y a una reorganización que no podía prever de nuevo y en tiempos veloces en batallas campales.

 

Reproponer por contra el partido de masas así como se había construido antes; no pasar cuentas con los efectos ideológicos sobre la clase de los eventos de estos años, además de con las características de los cambios estructurales; concebir la relación de masas de la organización política como simple “correa de transmisión” o, peor todavía, como relación electoralmente instrumental, significaba estar fuera de la nueva realidad que ha madurado durante estos años de crisis e inconscientes de los efectos reales de las brutales dinámicas que se han producido a nivel internacional. No por casualidad, no haber tomado nota de la profunda modificación del contexto y haber pensado que se podía proceder por “coacción a la repetición” ha llevado a la derrota en las batallas campales que una y otra vez se han intentado, tanto las electorales como las del movimentismo sindical y social, hasta la disgregación actual.

 

En este sentido nos animamos a proponer a la atención y a la discusión, y también a la crítica, la convicción a la que hemos llegado en estos años, o sea que la derrota, que todavía permanece, pide un proceso de recomposición de la clase que no puede ser directamente “político”, así como se ha concebido hasta la crisis política de la izquierda italiana en el 2008.

Esto pide, por el contrario, en nuestro país y, nos parece, también en el resto de Europa, una articulación organizada sobre la base de los tres frentes del conflicto de clase antes citado. En un proceso así de recomposición pensamos que el “frente” político, que hemos definido también como Representación Política del bloque social, y el sindical-social deberían tener una proyectualidad específica; en relación obviamente con un proyecto de transformación revolucionaria de la sociedad. Proyectualidad que tenga también su autonomía y capacidad de organización y representación que hoy no puede ser, en el corazón del imperialismo europeo, directamente representada por la identidad comunista dadas las relaciones de fuerza y la historia reciente en esta parte del mundo. El papel de los comunistas en este acuerdo político y social no puede ser más que el de demostrar la propia capacidad de ser dirección sustancial de los procesos de recomposición, o sea de “aceptar el reto”; no hay respuestas formales sobre el papel de los comunistas, o estos son capaces de ser elemento progresivo por una perspectiva de clase o entonces hoy no basta definirse comunistas para que tenga respuesta la confianza de las “masas”.

 

La eventualidad de que las crisis no generen eventos revolucionarios no justifica el abandono del plan máximo de la transformación radical y de la potencialidad en favor de la construcción de una fase de transición hacia el socialismo. Al contrario, hoy más que en el pasado si plantea con mayor fuerza la necesidad de “volar alto”, pero con los pies firmemente plantados en tierra, en la materialidad de las ciudadelas imperialistas en que vivimos. La propia praxis gramsciana nos ha enseñado que los tres frentes en que se articula el proceso revolucionario no pueden desligarse de las condiciones en que se encuentran y conviven, y dentro de las cuales actúan, las fuerzas que se baten por la superación del capitalismo.

 

Hay que decir también que este cuadro, que para nosotros tiene validez desde hace tiempo, está viviendo evoluciones en base a la incidencia de la crisis que, haciéndose aún más brutal y eliminando los terrenos de mediación posibles, tiende a politizar cada vez más los conflictos y las contradicciones objetivas. Éste es un pasaje que en el estado actual, en base a nuestra valoración, no modifica todavía la idea de la articulación organizada de los tres frentes, pero ciertamente nos anima a indagar hacia una posible recomposición que, por ahora, se da en el plano de la política, pero es importante porque crea las condiciones para un proceso de unificación del conflicto y por tanto de la perspectiva.

 

En concreto, la construcción de la UE está produciendo los terrenos de unificación potencial visto que una síntesis efectiva es posible solamente con una subjetividad, para nosotros comunista, que tenga conciencia de los procesos en su totalidad. Tal proceso, de hecho, tiene dificultad para madurar espontáneamente, directamente del conflicto, ya sea político (véase el malestar general que empuja a amplios sectores sociales también de clase hacia la derecha populista) o social/sindical (que a menudo tiende a replegarse en lo específico, lo cual no puede más que llevar a la impotencia o a la derrota).

 

2)Organización y conciencia de clase.

El término Organización en estos últimos decenios se ha vivido como cuestión organizativa, en los mejores casos como instrumento para hacer política en las campañas electorales. Se ha perdido el significado profundo de organización de clase, que es un proceso independiente interno a la clase, es de hecho la construcción de aquel tejido conectivo que después permita actuar en el conflicto y que ha determinado los procesos históricos. La reducción que se ha dado, también entre los comunistas, del concepto de organización a un puro significado instrumental no puede ser eliminado de una reflexión crítica de la relación entre comunistas y clase, y por eso queremos intentar un pasaje teórico complejo, que pretendemos que sea lo más sintético posible para no cargar demasiado el presente documento.

 

La relación entre organización y conciencia de clase es una relación fundamental para afrontar la cuestión de la subjetividad. La conciencia de clase, en la actual pérdida general de referencias teóricas, es vivida en la mejor de las hipótesis como elemento de valores, de concepción general, mientras que en realidad para poder sobrevivir y afirmarse debe enraizarse en el cuerpo de la clase como elemento concretamente existente y operante en el continuo conflicto con la hegemonía burguesa.

La conciencia no es solamente un dato supraestructural e identitatrio, hay que comprenderla en su profundo vínculo con la contradicción de la sociedad capitalista. Nos interesa debatir sobre la percepción subjetiva de la clase, o sea de cómo las clases subalternas viven las relaciones sociales en esta realidad, si esta condición lleva a una toma de conciencia colectiva o si, al contrario, eso no sucede. Analizar este aspecto es un paso fundamental para entender cómo la organización política, el partido, debería desarrollar concretamente su función.

 

Al enfrentar el aspecto de la subjetividad del proletariado dentro de este proceso histórico, hay que definir primero, con una cierta precisión, qué se entiende por conciencia colectiva, o sea por conciencia de clase. Una conciencia política de clase presupone que un individuo se reconozca no sólo como tal sino también como perteneciente a un agrupamiento social, que tiene los mismos intereses materiales, que realice el mismo papel social y que tenga una idea general y definida del mundo y de su desarrollo. La manifestación de una tal pertenencia no significa solamente tener una visión del mundo específica, sino que implica también la existencia de una base unitaria que puede generar una orientación unitaria. Por tanto, el nexo entre base y representación del mundo, la conciencia, es ineludible. Cuando nosotros hablamos de independencia de la clase tenemos que identificar cuál es la base independiente que produce una conciencia independiente.

 

Debemos comprender si en la producción socializada, cada vez más socializada, el proletariado puede encontrar una base material independiente; por eso es necesario identificar el recorrido teórico a seguir. El primer dato es que el Mercado, sobre todo en la fase de autonomización del capital financiero, asume hoy un valor general, objetivo de referencia; el segundo es que el proletariado es parte interna, integrada del sistema de producción y reproducción, y no tiene espacios de existencia independiente en la producción capitalista general. Además, esta “parte interna” de la producción es una parte penalizada por el desarrollo capitalista y sometida a presiones de todo tipo.

Podemos decir que esto genera contradicciones concretas, incluso fortísimas en algunos momentos históricos, pero no ofrece la base independiente que pueda ser el punto de partida para una visión propia independiente del mundo. El proletariado es totalmente interno al sistema de producción capitalista, tanto en el plano social como en el técnico. La “subsunción”, o sea la subordinación del trabajo al capital se convierte de formal en real dentro del proceso histórico. Para una profundización sobre este punto indicamos nuestro texto publicado en el año 2011 con el título “Conciencia de clase y Organización”.

 

El obrero profesional de finales del 1800, que tiene un papel determinante en la producción y que “usa” las máquinas, es suplantado por el obrero de cadena que está menos cualificado y que es “usado” por las máquinas. También el que hoy es definido como trabajo autónomo, en sus varias formas, está cada vez más subordinado en el plano productivo y financiero al capital en su fase de “autonomización”. Así pués no sólo el proletariado no tiene bases materiales independientes sino que incluso aquellos que parecía que tenían se ven cada vez más sometidos a la presión del capital financiero.

 

De otra parte, la aceleración del desarrollo científico y tecnológico, como tendencia irreversible, presupone una cada vez más completa integración del trabajo en general, ya sea del obrero, cualificado o intelectual, en la compleja división social de la producción. Esta condición material lleva a la conclusión de que si es verdad que las contradicciones del desarrollo capitalista pueden empujar a la clase a un conflicto social no se da por descontado que estas mismas contradicciones generen directamente una conciencia de clase, o sea una concepción general alternativa.

 

Esta valoración no niega para nada la función de las contradicciones y del conflicto social espontáneo que surge; al contrario, sin éste ningún proceso de transformación hubiera sido posible ni ninguna subjetividad podría activar tales procesos. Además, cuanto más estas contradicciones son evidentes e insoportables, más un proceso revolucionario puede ser accionado.

Lo que nos parece que está claro es que de las contradicciones materiales solamente no puede surgir una alternativa global y, por tanto, un proyecto racional consecuente. Lo que queremos decir quizás puede aparecer más claro si hacemos rápidamente referencia al desarrollo histórico de la burguesía y de su afirmación. La burguesía no nace como un producto interno del modo de producción esclavista/medieval sino que nace como enlace “externo” entre las sociedades medievales; la posición del primer burgués, o sea del mercader, no era interna a la producción, como lo era la del campesino explotado que producía, sino que realizaba una función externa de relación entre varias sociedades cerradas en sí mismas, por tanto era una burguesía mercantil, de intercambio, ligada solamente a la circulación de las mercancías.

 

Esta “renta” de posición permitió la acumulación histórica del capital que pasó por varias fases; primero solamente como externo a las sociedades, pero con una función social y política cada vez más fuerte. Baste pensar en el papel de los banqueros en relación con las monarquías nacionales entre el sigo XV i el XVII. Sucesivamente el capital, con el desarrollo de las fuerzas productivas y así del aumento de la división social del trabajo, penetra en el interior de aquellas sociedades y las revoluciona hasta conducirlas a la definitiva superación del viejo modo de producción.

La Burguesía como clase tuvo la “ventaja” histórica de tener su base material independiente sobre la cual construyó no sólo el poder real sino también una concepción del mundo. En conclusión, si la Burguesía desarrolló su propia independencia en base a una condición histórica y material bien definida, para el proletariado esto no es así de ninguna manera, su crecimiento independiente debe seguir necesariamente caminos diferentes y más complejos en cuanto la propia función productiva no conoce ámbitos autónomos de existencia.

 

Hasta aquí hemos desarrollado una reflexión teórica, ciertamente insuficiente, que para ser explicada de modo más claro tiene que ser, por un momento, traducida a términos políticos. De otra parte, los procesos en su conjunto del último cuarto del 1900 han sido tan radicales y veloces que nos ofrecen la ocasión de verificar en el plano político y concreto algunas afirmaciones teóricas, tanto por lo que hace a los procesos internos del capital como a aquellos que definen la relación entre contradicciones y conciencia de la clase.

 

En el actual nivel de desarrollo capitalista, ¿cuál es la reacción de las clases subalternas sometidas a las contradicciones materiales que tal evolución produce? Al dar una respuesta a esta pregunta hay que tener bien presente que hablar de clase no significa hablar solamente del proletariado de los países desarrollados sino referirse a una clase hoy dislocada a nivel internacional; una clase que comprende también a los pueblos que, hasta ayer, eran considerados coloniales y del tercer mundo y por tanto de hecho en gran parte externos a la producción capitalista.

Esta nueva condición material, orgánica e internacional, de la clase expresa hoy contradicciones mucho más fuertes y violentas que ayer; de hecho, países enteros son devastados socialmente y militarmente, los expaíses socialista han vivido una vuelta atrás general y también el proletariado de los centros imperialistas ve empeorar sus propias condiciones de vida.

 

Además, podemos constatar como hoy decenas de países son objeto de intervenciones militares por parte de los estados imperialistas, ¿con qué nivel de conciencia reacciona esta clase internacional? Y más, ¿por qué ante un ataque sistemático a la renta directa e indirecta en los países desarrollados no se crea una reacción, no digamos revolucionaria, pero al menos decididamente democrática y radical a propósito de los derechos sociales? Y por fin, ¿por qué en los países exsocialistas donde se asiste a derivas de carácter fascista y donde casi en todo lugar está ya claro que el peor socialismo es más humano que el mejor capitalismo realizable para ellos, no se genera alguna respuesta política de masas?

Podríamos continuar mucho tiempo con las preguntas y los ejemplos, pero el dato que surge es que en la fase de desarrollo financiero del capitalismo la clase real, sobre todo en los países de capitalismo avanzado, no crea oposición política general sino que se expresa en torno a conflictos específicos, reivindicativos y corporativos, que a menudo son utilizados por movimientos de la derecha populista o, a nivel internacional, por el imperialismo bajo la forma de conflictos étnicos o religiosos.

 

Este atraso tan profundo, imprevisto e inesperado se explica, sin embargo, de modo convincente. No estamos solamente ante una “desbandada” debida a una derrota sino ante la destrucción de la conciencia de clase, sobre todo en el occidente capitalista, vinculada a la disgregación de toda la organización social articulada y capilar que una larga fase revolucionaria había sedimentado en el cuerpo del proletariado.

La pérdida de conciencia colectiva, a pesar del aumento de las contradicciones a todos los niveles, ha sido  determinada por la destrucción organizativa en el tejido del proletariado causada también por el desarme político de las fuerzas que hubieran tenido, cuando menos, que garantizar la resistencia a la reacción.

Afirmar con claridad este planteamiento significa reconocer el nexo directo entre conciencia y organización social y política estable en la clase, que es la única base material concreta unitaria que el proletariado no puede encontrar en el terreno específico de la producción capitalista; pero significa también entender que un proceso de reconstrucción no puede ser más que un trabajo de largo plazo en que los comunistas reencuentren su espíritu militante.

En este razonamiento se aclara también la afirmación de Lenin, a menudo leída de modo ideológico o instrumental, de que la conciencia viene del exterior; en realidad escribió en el ¿Qué hacer?, y entendía, que viene del exterior de la dimensión económica solamente y no del exterior de la clase.

 

Al afrontar la cuestión de las clases desde el punto de vista de la conciencia, determinante para los fines de la política, la situación es todavía más compleja. De hecho, en nuestra sociedad puede suceder, y sucede, que a una condición proletaria corresponda una percepción de sí misma totalmente opuesta. Esto es posible porque quien pertenece a las clases dominantes es libre cuando quiere, mientras que quien pertenece a las clases subordinadas es libre cuando puede, o sea cuando se lo permite la sociedad, también en el plano ideológico, obviamente no de manera mecánica. De hecho, el control de los medios de información y de formación no es más que una forma de lucha de clases “desde arriba” dirigida a perpetuar la “falsa”  conciencia de las clases subalternas.

 

La conciencia de clase es por eso, en primer lugar, la ruptura de esta “jaula de acero” que abandona la dimensión individual para recolocarse dentro de una perspectiva colectiva en que la organización política de la clase en lucha y la práctica de la solidaridad son las condiciones fundantes. Esto es un principio importante ya que si en la realidad material y “natural” el único nivel de conciencia dado es el corporativo, para adquirir la conciencia colectiva no basta un enunciado político justo, una visión ética de la realidad o una iniciativa de lucha o una serie de iniciativas, sino que es necesaria una organización estable de la clase, interna a la clase real que existe en un dado país, que sepa hacer crecer, con la práctica de la solidaridad, la conciencia.

Este dato asume todavía más relieve si se analiza el aumento de la complejidad y fragmentación de la clase en las actuales sociedades avanzadas donde el viejo bloque social, obreros y campesinos, ha sido sustituido por una multiplicidad de figuras sociales y trabajadoras que no pierden su característica de fondo dependiente y subalterna.

 

A una mayor diferenciación social debe corresponder una mayor capacidad de abstracción para encontrar los nexos unitarios en la fragmentación social, y una mayor y más fuerte capacidad de organización subjetiva para ofrecer la base material independiente para el crecimiento de la conciencia de clase.

No podemos dar por descontado ningún “horizonte” comunista ni ninguna evolución “natural” si no se da el justo peso al papel de la organización, y por tanto, del partido, en la reconstrucción de una conciencia política de la clase “aquí y ahora”; así como hoy materialmente se manifiesta en relación al nivel de desarrollo general, a las “nuevas” contradicciones y a la dimensión nacional y supranacional.

 

3)Clase, Bloque social y la necesidad de la Encuesta.

El debate que estamos proponiendo, obviamente, no tiene solamente un objetivo teórico; si de hecho hablamos de “función de masas”, de organización de la representación política y también de la sindical/social, debemos también identificar los sectores de clase y aquellos más genéricamente sociales a los cuales es posible hacer referencia para tales proyectos.

No se trata de hacer la lista sino de analizar las condiciones generales de estos sectores y después empezar a entender cómo operar para organizar estos ámbitos partiendo, por la parte que nos corresponde, de la posición definida en la parte precedente en la relación entre organización y conciencia.

 

Al ponernos estos objetivos debemos partir de algunas condiciones que hoy afectan al conjunto de nuestros “interlocutores”, la primera es sin dudas la complejidad de los centros imperialistas en que vivimos y en los cuales los procesos de reorganización son incesantes a todos los niveles. Esta complejidad no es un hecho nuevo, sino que viene de décadas produciendo procesos productivos y sociales cada vez más complejos.

De la alianza de obreros-campesinos, así como fue concebida hasta los años 60, se ha llegado a la internacionalización de la producción y a la terciarización del aparato productivo. Esta complejidad de la sociedad capitalista entra dentro de las relaciones sociales y de trabajo y las hace cada vez más fragmentadas, precarias y subalternas. Por tanto, el problema se plantea exactamente a partir de los lugares de trabajo.

La otra condición que hay que tener en cuenta es que esta fragmentación lleva a la subalternidad, que no tiene solamente un aspecto material, de chantaje, sino también ideológico en cuanto el esquema de poder actual usa de manera científica los instrumentos de información y formación a su disposición para condicionar no solamente los actos sino también el pensamiento de los potenciales antagonistas.

 

En este sentido no es suficiente hacer “la lista” de los sectores de referencia sino que es necesario un trabajo de investigación y de análisis para entender las condiciones concretas, contradicciones y visiones del mundo, para entender así cómo proceder en la organización concreta de los sectores y del bloque social. Por tanto es necesario definir los ámbitos a los cuales nos dirigimos y sobre estos hacer un debate que considere las posibilidades de acercamiento a las hipótesis políticas y organizativas alternativas a la ideología dominante.

 

El marco en el cual desenvolver esta función, entendida sobre todo como construcción de movimiento político que mira a representar a una parte de la sociedad, es la lucha contra la Unión Europea en los términos en que la estamos dirigiendo junto a otras estructuras y militantes con la Plataforma Social Eurostop; ésta tiene ahora la forma de frente político-social, que probablemente es la más realista para dirigir en esta fase una batalla donde el punto de la ruptura de la Unión Europea produce a su vez otra ruptura, saludable, en una izquierda habituada a viajar en la ambigüedad.

 

Pero son fundantes también por una perspectiva similar los procesos de organización de los sectores sociales que se ven penalizados por el desarrollo actual de la UE. Se sitúa en el centro del mundo del trabajo en sus múltiples facetas, del trabajo estable al precarizado en mil modos.

Las fábricas de nuestro país en sus diversas dimensiones, aunque no tengan la función política de los decenios pasados, son una referencia importante de cuánto Italia es todavía el segundo país manufacturero en Europa. Como siempre, es mayor el peso que asume la fuerza de trabajo en la logística, en la circulación y en la comercialización de las mercancías, ya que es éste el sector en que el capital en los países imperialistas puede realizar los beneficios.

Como también en la comunicación hay “obreros fordistas”, en los call center que tiene que producir en condiciones de esclavitud a menudo. No podemos olvidar el ejército industrial de reserva, principalmente jóvenes, el sur y también los inmigrantes, que desenvuelven un papel productivo e ideológico que es hoy un auténtico y verdadero campo de batalla estratégico entre dos intereses contradictorios de clase y entre dos diferentes concepciones de las relacione sociales.

 

En esta acentuada explotación del trabajo encontramos no solamente el trabajo manual sino también el intelectual, hoy también subsumido a las necesidades del beneficio; las cualificaciones superiores han devenido subalternas y sin auténtica profesionalidad que, por el contrario, es asumida por el sistema productivo en su conjunto. La investigación científica por ejemplo es parcelada y reducida a los intereses privados, gestionados por las grandes sociedades, a menudo multinacionales, que penalizan la profesionalidad que, contradictoriamente, todos los días nos dicen que es fundamental para el sistema Italia.

En esta trituradora del trabajo hay que ver totalmente la cuestión de los jóvenes y de sus perspectivas cada vez más escasas; no es casualidad que los media callen el hecho de que la emigración, sobre todo juvenil, en nuestro país ha alcanzado ya la cifra de 5 millones de personas. 

 

La cada vez mayor importancia que el factor “conocimiento” asume a partir de los años 80 lleva a una expansión global sin precedentes que atraviesa culturas, geografía y clases, extendiendo el dominio social más allá de la esfera de la producción. Ante tal trastorno, ninguna de las teorías económicas, desde las clásicas a las neoclásicas y keynesianas se adapta a las dinámicas del desarrollo en la producción del conocimiento.

Razonando desde una perspectiva marxiana, el trabajo es cada vez más trabajo abstracto, determinante del valor de la mercancía, pero siempre indistinto e indiferenciado. Desde este punto de vista, el conocimiento es clasificable como trabajo complejo o, en palabra de Marx, como trabajo simple potenciado que se incluye en el proceso de producción con un elevado grado de productividad y así de competitividad.

 

Es verdad, corremos el riesgo de que hasta en la izquierda de clase se empiece a hablar de postcapitalismo, sustancialmente renunciando al papel de fuerza revolucionaria, creyendo que la sociedad del conocimiento y de la comunicación desviacionista -del mismo modo que algunos sostenían en relación a la sociedad del Welfare State- sea por sí misma una forma de superación del capitalismo y de la lógica del beneficio.

Tenemos por tanto que confirmar que la tercera revolución industrial se mantiene y, más todavía, es interna y necesaria para el modo de producción capitalista; la sociedad neoliberal del conocimiento es, en pocas palabras, una sociedad peculiarmente capitalista que si caracteriza por haber sometido la actividad espiritual del hombre a la relación mercantil.

La producción de conocimiento resulta así no ser más que producción de mercancías; el conocimiento deviene valor-trabajo a la par que la aplicación de energía humana física.

En los tiempos de la falaz teorización de la “sociedad líquida”, particularmente importante es estudiar la composición real y articulación de la clase y de la masa que debe plantearse el papel histórico de tomar el poder. La cuestión es con qué clases y fracciones de clase pensamos construir el bloque social antagonista.

La época de la segunda revolución industrial ha acabado y hay que rever la concepción de producción; dicho esto, la fase post-fordista no elimina ciertamente el conflicto capital-trabajo, sino que lo reconfigura en una forma inédita que, sin modificar su naturaleza, impone a las fuerzas anticapitalistas internacionales la necesidad de repensar las modalidades y las formas de intervención en la nueva clase.

 

Desde hace tiempo como RdC estamos desarrollando también un análisis de las áreas metropolitanas, que están destinadas cada vez más a desenvolver una función económica importante ya sea como reserva de caza de las privatizaciones y de los recortes sociales en beneficio de las políticas europeas presupuestarias, ya sea como “almacén de fuerza de trabajo” a disposición del capital privado nacional y multinacional. Las áreas metropolitanas del país son cada vez más los puntos donde cantidad y cualidad de las contradicciones, desde el trabajo a la cuestión servicios sociales y hasta la ambiental, se suman y empujan hacia el conflicto social. Esta condición estructural ahora se está manifestando también en el plano político institucional y no es por casualidad que las dos áreas metropolitanas mayores del país y con las mayores contradicciones, Roma y Nápoles, se están orientado, en las próximas elecciones municipales, a dar representación a fuerzas como De Magistris y M5S, que están fuera y contra el PD, fuerza política que, abandonado ya el “vestido” democrático, se está rápidamente dirigiendo hacia una función cada vez más reaccionaria.

Podríamos continuar delineando de manera más concreta las características de los diversos sectores sociales que potencialmente pueden expresar intereses e ideologías antagonistas, pero este trabajo sería insuficiente porque ahora es necesario indagar estadísticamente sobre las condiciones objetivas de la clase en su totalidad y de sus potenciales aliados así como sobre la percepción subjetiva que ésta tiene de sí misma, de la propia condición colectiva o de los propios intereses específicos, individuales o corporativos.

 

Este trabajo sólo puede ser un trabajo colectivo de encuesta de clase, que no es un hecho sociológico sino que, en la medida en que se indaga también sobre los cambios de identidad y ideología, permite tener una visión más exacta del contexto en que se debe operar. Por esto la RdC está hoy dispuesta y se propone participar en la construcción de un movimiento político para la encuesta que sirva de orientación en el trabajo para todas aquellas fuerzas que quieren resistir al desarme y relanzar el conflicto político y social de manera organizada en los términos hasta aquí dichos.

 

16 de mayo 2016…………………..Red de los Comunistas

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